La deconstrucción del sistema audiovisual y urgencia de un cambio de paradigma

La deconstrucción del sistema audiovisual y la urgencia de un cambio de paradigma. La experiencia de Catalunya en España
Miquel de Moragas, Universitat Autònoma de Barcelona

(Presentado en : Un’isola in rete.  Conversazioni e navigazioni sul futuro digitale nel mediterraneo, Castelsardo, Sardigna, Agosto 2012)

En los años 80 se articularon dos fuerzas de progreso en el sistema audiovisual en España, con especial vigor en Catalunya, País Vasco, Galicia y Andalucía: la necesidad de recuperar espacios democráticos de comunicación (después de la dictadura de Franco) y la necesidad de articular espacios culturales y lingüísticos independientes, autónomos, de los espacios estatales, centralizados, de información y cultura.

En la actualidad, cuando apenas hemos inaugurado el proceso de implantación  de la TDT, se observa un proceso de deconstrucción del “viejo” sistema audiovisual y aflora la necesidad de plantear un nuevo paradigma de las políticas de comunicación.

Me referiré aquí, de manera breve y sumaria, a la experiencia de Catalunya, y a la necesidad de rediseñar sus políticas de comunicación.

Las contradicciones de la implantación de la TDT como síntoma
La implantación de la televisión digital terrestre (TDT), tras el apagón analógico de abril de 2010, puso de manifiesto los peligros, también las oportunidades, que la nueva era digital ofrecía al espacio catalán de comunicación.

En una primera fase se evidenciaron los efectos positivos que significaba la TDT para el reforzamiento de las cadenas de su  televisión pública (Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals, CCMA), pero al mismo tiempo se manifestaban grandes dificultades de sostenibilidad para las mejores experiencias de televisión locales.

Por otra parte la TDT significó un gran incremento de la penetración de los canales estatales en el espacio audiovisual catalán, sin incrementar, a cambio, la diversidad y la calidad de los contenidos audiovisuales. La TDT estatal,  lejos de favorecer el pluralismo, no hizo sino favorecer la concentración.

La multiplicación de canales de la CCMA puso al descubierto la potencialidad de una oferta diversificada y en lengua catalana, pero esta ampliación coincidía en el tiempo con el inicio de los recortes presupuestarios impuestos por la crisis económica.

No obstante, las principales contradicciones de la implantación de la TDT se evidenciaron en el ámbito de la televisión local. Debo detenerme un momento en este aspecto. En 1990, en un libro que publicamos con mi colega Emilio Prado (“Les televisions locals a Catalunya”, en Quaderns del CAC, nº extraordinario, septiembre, 2002), identificamos cerca de 100 experiencias de televisión local, caracterizadas por una gran diversidad de modelos de televisión: públicas o privadas, públicas y privadas en consorcio, de programación amplia o limitada, con publicidad y sin
publicidad, con géneros y contenidos diversificados. Aparte de un gran movimiento asociativo capaz de proponer formas de sindicación muy creativas.

Todo este sistema televisivo local, con una amplia conexión con la sociedad civil y las actividades culturales municipales, se vio alterado con el lanzamiento de la TDT.

Las propias entidades reguladoras confundieron los planos de lo global, lo estatal y lo local, exigiendo al ámbito local el cumplimiento de normas y estándares que luego se demostrarían imposibles de aplicar aun en el caso de las grandes corporaciones televisivas: horas de programación, % de producción propia, restricciones publicitarias, ámbitos de difusión .

La “burbuja televisiva” de la TDT se ha ido deshinchando  con la crisis económica de los años recientes, hasta el punto de que cerca de la mitad de unas 100 nuevas concesiones de TDT local ya han cerrado sus emisoras o nunca llegaron a emitir.

Algo similar está sucediendo con la mayoría de televisiones autonómicas,  pensadas muchas de ellas en clave de influencia política más que de modelo cultural y audiovisual sostenible.  Para ellas se ha abierto el proceso de privatización, quedando en entredicho su futuro. “Se vende televisión autonómica (a pedazos)” titulaba una información de “El País” al respecto (28 de agosto de 2012).

El mapa de esta crisis se completa con una política errática en relación con el modelo de televisión pública estatal. El propio partido socialista después de haber avanzado en la reforma del televisión pública (2006), cedió a las influencias de los sectores empresariales de las televisiones privadas (2010)  para iniciar lo que Enrique Bustamante calificó de “contrarreforma audiovisual socialista” (Le Monde Diplomatique, febrero de 2010) con dos decisiones trascendentales: la plena supresión de la publicidad de la televisión pública estatal, y la eliminación de los escasos obstáculos legales a la concentración.

El Partido Popular ya en el poder, con mayoría absoluta ( diciembre de 2011), encontró el camino abierto para recuperar el control gubernamental (o partitocrático) de la televisión pública, introduciendo cambios  en el sistema de elección de los cargos directivos que ahora pueden ser nombrados con los votos del PP únicamente (Enrique Bustamante,  “RTVE y la nueva censura audiovisual” en Le Monde Diplomatique, Agosto 2012).

¿Hacia dónde dirigir las energías?
Ante este panorama es necesario preguntarse hacia donde debemos dirigir las energías.

Desde luego que debe continuarse con la reclamación de la democratización de los medios y la defensa del pluralismo, pero también debemos dirigir nuestra mirada a las oportunidades que ofrece el nuevo paradigma de la comunicación social.

Efectivamente, la profunda transformación del sistema de comunicación (digitalización e implantación de internet) nos obliga a revisar el paradigma del sistema comunicativo. Estos son hechos comunes, pero desde la perspectiva catalana quisiera señalar especialmente dos puntos:
a. El cambio de valor de la difusión, a favor del nuevo valor de la producción, y
b. La necesidad de reconceptualizar la idea de espacio de comunicación.

En primer lugar se observa que la antigua centralidad (autoridad y poder) de la difusión de la comunicación se va desplazando hacia la producción de contenidos. Esto exige un cambio en las prioridades de las políticas de comunicación, pasando de la regulación (de canales) a la gestión de la producción de contenidos, en cuatro principales áreas interconectadas: información, cultura, formación y entretenimiento.
El concepto “espacio de comunicación” ha sido fundamental para definir las políticas democráticas y autonómicas en Cataluña (también en el País Vasco, Galicia, Andalucía) en los últimos 30 años, pero este concepto debe someterse hoy a una revisión en profundidad.
La defensa del espacio de comunicación en la era digital (y por tanto la defensa del espacio catalán de comunicación) no dependerá tanto como hasta ahora, de disponer de canales propios (que los habrá) sino de la capacidad de producción de contenidos, de la capacidad de almacenar conocimientos y ponerlos a disposición de usuarios autónomos en sus búsquedas de información. Esto hace necesaria la convergencia entre diversas políticas: culturales, educativas y de comunicación.
También deberemos considerar nuevas formas de gestión de la identidad en un contexto de múltiples articulaciones entre lo local y lo global, procurando poner en valor la singularidad de cada identidad en el escenario global. Y esto es aplicable a diversos sectores estratégicos, desde el turismo y las industrias culturales a la política universitaria.
La globalización cultural también puede interpretarse en términos positivos para las identidades de comunidades reducidas. Las tecnologías de la información redimensionan los valores añadidos de las identidades. Ser minoría o comunidad reducida, dejar de ser, única y necesariamente, una debilidad. Ser minoría también puede ser una fortaleza si se gestionan adecuadamente las posibilidades que representa la singularidad (política, cultural, lingüística). Como ha dicho Manuel Castells “la red se global, pero los contenidos son locales”.
Pero este valor potencial de la singularidad no se podrá transformar en valor efectivo, en notoriedad, si no se vincula a los procesos modernos de producción y almacenamiento de contenidos adaptables a las nuevas demandas culturales. Aplicándolo a Cataluña podríamos decir que la defensa del espacio catalán de comunicación deberá consistir ahora en la reivindicación de estrategias de producción de contenidos adecuados a las diversas necesidades de la población  (culturales, educativas, informativas, de entretenimiento, de gestión). Metafóricamente podríamos decir que tendremos que completar la reivindicación del “espacio. Cat”, con la reivindicación de la “Memoria.Cat” o “Catosfera”.
El análisis de fenómenos tan diferentes como el caso “Gaudí”, o el caso “Barça”, no se puede entender sino en esta nueva dialéctica.
La iniciativa civil y la construcción de la “Catosfera”
Como principal novedad y como característica que puede definir las políticas de comunicación del futuro debemos destacar el nuevo protagonismo que está adquiriendo la acción ciudadana en la construcción de la “Catosfera”, nuevo espacio catalán de comunicación en la era digital.
Un ejemplo paradigmático de esta nueva dinámica lo encontramos en el proceso y éxito final de la obtención del dominio “.Cat” otorgado por la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (ICANN) el 16 de septiembre de 2006. Era la primera vez que se otorgaba un dominio internet de primer nivel a una comunidad lingüística y cultural.
El futuro de la “Catosfera” dependerá de la aportación coordinada y complementaria de múltiples iniciativas: medios, empresas, instituciones, acción ciudadana, con el apoyo de las políticas públicas que se tendrán que ir centrando cada día más en esta coordinación en red.
Tampoco tendría sentido la descoordinación de estas iniciativas con los medios públicos de comunicación que deberán tener un nuevo protagonismo y unas nuevas misiones en la sociedad digital.
El futuro del sistema de comunicación consistirá en una constelación de medios (Manuel Castells habla de “nodos”) con funciones y responsabilidades diversas que se entrecruzarán. Los medios “convencionales” sobrevivirán, pero sólo lo harán aquellos que hayan sabido adaptarse a estas nuevas condiciones. Este es también el nuevo reto del servicio público de comunicación.

 

 

 

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Ceremonias Londres (2) británicas y/o olímpicas

En el libro Television in the Olympics, a la vista de la experiencia de Barcelona’92, describíamos 4 principales componentes de la ceremonia inaugural olímpica: la bienvenida, la celebración de la identidad de la sede, los rituales olímpicos (incluido el desfile) y la despedida festiva de la ceremonia.

Al analizar las  ceremonias de Londres’2012 – inaugural y clausura- se observa que el difícil equilibrio entre la representación de la identidad y símbolos de la sede y la representación de la identidad y símbolos olímpicos, se inclina claramente a favor de la primera representación.

En Television in the Olympics se concluía que una de las principales responsabilidades culturales de los organizadores de los Juegos era, precisamente, la “semantización” de la identidad de la sede: qué elementos se eligen, qué recuerdos se descartan para explicar “al mundo” esta identidad. Este debe ser un tema de debate nacional (ayer en Londres, mañana en Rio de Janeiro), pero también debería ser un tema de debate multicultural, porque las ceremonias no son, o no deberían ser, solamente un “escaparate” de la sociedad organizadora, sino también un escenario verdaderamente mundial, de acuerdo con la dimensión extraordinaria del acontecimiento.

Londres batió récords con su capacidad de producción escénica y de creatividad al servicio de la imagen que se quería proyectar (hacia adentro y hacia a fuera) de Gran Bretaña, especialmente segura de sí misma (el humor es un gran recurso para ello).

Al recordar las ceremonias reaparecen algunas imágenes: los red arrows volando sobre el estadio, el paso de la sociedad rural a la sociedad moderna y el protagonismo de Gran Bretaña en la revolución industrial, la elección de aspectos clave de la sociedad del bienestar y de la democracia británica (el servicio nacional de salud, el papel de las mujeres en la luchas por la igualdad, los jubilados de Chelsea), una reivindicación de la monarquía británica  -vía humor y mezclando realidad y ficción-, una aparición (teatralizada) del propio Churchill, el memorial wall, homenaje a las víctimas de  las guerras y del atentado terrorista de 2005 en Londres. Y, por descontado, una exhibición de la literatura y de la industria cultural británica (industrias creativas incluidas): Shakespeare como referente, también la literatura y al cine infantiles (Peter Pan, Mary Poppins), exhibición de top models,  personajes del cine (Daniel Craig) y del entretenimiento televisivo (Mr. Bean), spice girls, etc. Todo ello en una gran atmosfera de música “británica/internacional”. La industria cultural británica se sabía reconocida y reconocible mundialmente y supo hacer explícitos sus contenidos e iconos.

Ahora quedamos  a la expectativa de conocer los análisis académicos que se harán sin duda desde la propia Gran Bretaña y desde las antiguas colonias británicas sobre  esta selección temática y su tratamiento,  también de sus ausencias (¿y la Commonwealth y Europa?).

Pero el análisis cultural de este fenómeno – con audiencias televisivas millonarias- también debería hacerse en relación con el desarrollo de la segunda representación de las ceremonias: la de los símbolos y los valores olímpicos.

Revisadas las imágenes de los rituales olímpicos en las ceremonias de Londres puede concluirse que su tratamiento fue políticamente correcto, pero también escaso, sobre todo en las representaciones y narraciones explicitas, teatralizadas, de estos valores, ocupando una posición claramente secundaria respecto  de la hiper-representación de la identidad británica.

En las ceremonias se producen múltiples escenas que evocan implícitamente los valores olímpicos, por ejemplo en la correcta escenificación del desfile de los atletas, desfile que afortunadamente se conserva en su integridad, a pesar de las reclamaciones incultas de algunas televisiones que pretenderían recortar la ceremonia a favor de sus estrategias de audiencia. Sin este desfile se borraría del mapa la representación de la inmensa mayoría de atletas y delegaciones participantes (ver mi post “Juegos Olímpicos, ¿cómo esta lo mío?). Bien es cierto que, desde Barcelona, tuvimos la oportunidad de ver la ceremonia en directo, sin corte publicitario alguno, gracias a las imágenes de TVE.

En la ceremonia de clausura se repiten otros mensajes implícitos de fraternidad  y celebración entre participantes. Tanto éste como otros rituales olímpicos (antorcha, juramentos, himnos, izado de la bandera, etc.) quedan finalmente en manos de los comentaristas de la televisión con resultados variopintos, muchos de ellos triviales, como mostramos con detalle en Television in the Olympics.

Las ceremonias producen múltiples mensajes implícitos de universalidad y convivencia, pero estos valores deben ser explicitados, verbalizados, narrados, teatralizados, deben también beneficiarse  de la gran capacidad de producción audiovisual y de creatividad escénica que se aplicó a la representación de la identidad británica del acontecimiento.

 

Cada nueva ceremonia aporta alguna idea en este sentido, en Londres entiendo que fueron dos principalmente: la elección de los portadores de la bandera olímpica entre personalidades internacionales (músicos, activistas de derechos humanos, autoridades mundiales), que relacionaban el olimpismo con los derechos humanos y la voluntad de gobernanza mundial. También fue novedad la peculiar composición del pebetero (más fuego que antorcha) con 204 pétalos de cobre simbolizando las correspondientes delegaciones participantes.

 

Los rituales olímpicos (desfile, juramentos, banderas, himnos, antorcha) se sucedían de forma correcta, pero sin la fuerza interpretativa y creativa del guión general de la ceremonia, sin los correspondientes recursos (Storytelling) que explicasen de manera pedagógica y espectacular que es el olimpismo, más allá de la competición.

 

El discurso del presidente el CIO en la clausura -una oportunidad para explicitar los valores y las propuestas del olimpismo- quedó restringido a las condiciones de un breve discurso verbal y a las exigencias protocolarias de agradecimiento y reconocimiento (“These were happy and glorious Games!”), añadiendo tenues referencias al valor de ser deportista olímpico (“Through your commitment to fair play, your respect for opponents, and your grace in defeat as well as in victory, you have earned the right to be called Olympians”) y a la reivindicación del legado positivo de los Juegos.

A los símbolos olímpicos, y no únicamente a los símbolos de la sede, les corresponde formular sus propias historias y narraciones de forma espectacular y pedagógica, lo que es perfectamente compatible, más bien indisociable, del respeto  por la identidad de la sede. Las ceremonias deben ser el escaparate de las sedes, pero también deben serlo del olimpismo.

 

 

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Ceremonias Londres (1): El estadio-escenario

Los Juegos de Barcelona, Atlanta y Sídney  fueron los primeros en transformar el estadio olímpico en un inmenso plató de televisión (fondo azul en Barcelona). Pekín dio un nuevo paso más hacia la transformación del estadio en un gran escenario para la producción de imagen y sonido.

Londres 2012 ha culminado este proceso. El terreno de juego se transformaba en estudio cinematográfico para representar la campiña o el papel de la Gran Bretaña en la revolución industrial. Las gradas se transformaban en plataformas de luces y colores elevando el espectáculo de imagen y sonido a la máxima expresión conocida.

Atlanta fue la primera en  introducir una furgoneta en el estadio para simbolizar las fiestas populares en el sur de los Estados Unidos, en Londres aparecieron camiones, taxis, bicicletas, motos, plataformas publicitarias, que ofrecían una continua movilidad.

Barcelona fue la primera en recrear un barco (Fura del Baus) para expresar su historia, y la primera en introducir un caballo en la ceremonia. En Londres la historia y el folklore se expresaron  por tierra, mar y aire. Estructuras aéreas en construcción y deconstrucción. Los actores aparecían y desparecían colgados de ingenios inverisímiles, saliendo de techos y azotas (como el propio Whinston Churchill) y navegaban en barcos imaginarios del poderío británico. Incluso la Reina de Inglaterra, mezclando realidad y ficción, viaja como Mary Poppins aunque sustituyendo el paraguas  por un  helicóptero a lo James Bond.

El productor de la ceremonia – el cineasta Danny Boyle – había manifestado su reticencia a que la producción televisiva fuese confiada a los expertos en cobertura deportiva. Era lógico.  La producción, aprovechando la creatividad de todas las anteriores ceremonias, rompía esquemas.

Los productores británicos, seguros de que nadie puede discutir su tradición deportiva, se tomaron algunas licencias en el protocolo: el estadio perdía sus principales referentes deportivos como el tartán, también se optaba por sustituir  el pebetero, “la” llama olímpica, por un fuego de fuegos en una nueva simbología que se relacionaba con la multiplicidad de delegaciones.

El difícil equilibrio entre representación de la cultura de la sede y  los rituales y símbolos olímpicos (los añillos, la antorcha, el himno), se inclinaba finalmente a favor de la primera, cuando el escenario reproducía el esquema de la Union Jack británica, transformada en imagen de fondo y en caminos para la circulación de los actores e iconos de su industria cultural y turística.

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Juegos Olímpicos: “¿Qué hay de lo mío?”

La pluralidad de canales y de plataformas tiene (y tendrá) muchas consecuencias para la comunicación de los Juegos.  Pero a nuestros ojos ha saltado una primera evidencia: las nuevas plataformas han servido a los mediadores (hemos seguido TVE) para exacerbar, más que nunca, la autocomtemplación y la autocomplacencia patriótica. Los Juegos se muestran simplemente como un escenario donde magnificar cómo van las cosas a “nuestros” propios atletas. Cada día amanecía en Londres con la expectativa de las medallas “que podrían caer a España”. No sólo TVE- que en este sentido hacía una gran cobertura-  también la mayoría de medios escritos y radiofónicos han entendido los Juegos como los “Juegos Olímpicos de España”. Una práctica semejante se ha producido en otras televisiones nacionales. Como ya descubrimos en la investigación sobre Barcelona ’92, son excepción de este enfoque patriótico los grandes héroes de los Juegos, apenas dos o tres excepciones en Londres: Usain Bolt, Michael Phelps … A penas si podemos identificar alguna de  las  34 medallas de los franceses o de las 28 de los italianos. ¿Qué se ha hecho de la antigua señal (televisiva) internacional de los Juegos?

Esto ha tenido, sin embargo, una ventaja inesperada: se han hecho visibles deportistas y deportes generalmente  invisibles. Una lección que no debería quedar en el olvido en las temporadas deportivas que nos espera antes de Rio’2016.

Por su parte, el Comité Organizador de Londres 2012 tampoco se quedó corto en la estrategia de fusión de los símbolos olímpicos y los símbolos británicos. Pero esto merece otro análisis y otro comentario, ya a la visita de cómo se desarrolló (el festival musical) de la ceremonia de clausura.

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Perdiendo garantías democráticas en la televisión pública

Se dice que el sector académico ha sido crucial, o por lo menos ha tenido un papel importante, en la legitimación del sistema público de televisión. Una de las aportaciones clave de esta legitimación fue su interpretación de las funciones del sector audiovisual para el desarrollo cultural y la importancia de la independencia informativa para nuestra democracia. Primero independencia del gobierno y luego, también, independencia  de los aparatos de control estratégico de los partidos políticos. Se habían dado algunos pasos importante para evitar lo primero, pero respecto  a lo segundo …  no ha habido forma de progresar. Pero las reformas legislativas de 2012 han significado un importante retroceso en ambos aspectos. Los nombramientos por mayorías parlamentarias simples han reducido el pluralismo de los organismos de control de la radio y la televisión pública y anuncian el retroceso en las expectativas de mantener (o de dotar) las autoridades independientes en nuestro sistema audiovisual. Entretanto las televisiones privadas a lo suyo, mayor concentración y  menor calidad de contenidos, libres de cualquier forma de vigilancia y control por parte de dicha autoridad democrática que debería recordarles los compromisos de servicio público que conlleva su licencia.

La academia ahora tiene una doble tarea: poner al descubierto estas contradicciones y avanzar nuevas fórmulas para revitalizar el servicio público de comunicación en la era digital. Lo peor sería pensar que ya hemos terminado la tarea de proponer  ideas a las políticas de comunicación

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La Teoria de la comunicación en Twitter

En una de mis últimas búsquedas temáticas en Twitter tropecé con una experiencia asombrosa, y algo frustrante, la verdad sea dicha. La “teoría de la comunicación” despierta todo menos entusiasmo entre los estudiantes de comunicación que acuden a Twitter para expresar sus sentimientos sobre las clases y las lecturas de esta asignatura “troncal”. A un número muy amplio de estudiantes de nuestro campo les parece que el estudio de las teorías especializadas es un trámite obligatorio, que nada o muy poco puede aportar a sus objetivos de formación profesional. Uno, muy sincero, se pregunta “¿para qué mierda sirve la teoría de la comunicación en la carrera?”, otra se exclama “Teoría de la comunicación … pero esto que eeeeeeeees?”, o más dramáticamente “muriéndome en clase de teoría de la comunicación, Joder que coñazo!”, o, más aún: “Después de dar toda la asignatura de Teoría de la Comunicación ya no temo a la muerte”.

Claro que tampoco esperaba encontrar alumnos que utilizasen Twitter para expresar sentimientos de adhesión a estas materias teóricas y que , sin duda podemos encontrar otras muchas formas de intercambio (apuntes, notas , libros, conejos) en las redes sociales. ¿Mi conclusión?  Insistir más que nunca en la importancia de la teoría para comprender los fenómenos de la comunicación y recomendar a los alumnos que lean libros, porque sin formación humanística no hay formación en comunicación.

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