Ceremonias Londres (2) británicas y/o olímpicas

En el libro Television in the Olympics, a la vista de la experiencia de Barcelona’92, describíamos 4 principales componentes de la ceremonia inaugural olímpica: la bienvenida, la celebración de la identidad de la sede, los rituales olímpicos (incluido el desfile) y la despedida festiva de la ceremonia.

Al analizar las  ceremonias de Londres’2012 – inaugural y clausura- se observa que el difícil equilibrio entre la representación de la identidad y símbolos de la sede y la representación de la identidad y símbolos olímpicos, se inclina claramente a favor de la primera representación.

En Television in the Olympics se concluía que una de las principales responsabilidades culturales de los organizadores de los Juegos era, precisamente, la “semantización” de la identidad de la sede: qué elementos se eligen, qué recuerdos se descartan para explicar “al mundo” esta identidad. Este debe ser un tema de debate nacional (ayer en Londres, mañana en Rio de Janeiro), pero también debería ser un tema de debate multicultural, porque las ceremonias no son, o no deberían ser, solamente un “escaparate” de la sociedad organizadora, sino también un escenario verdaderamente mundial, de acuerdo con la dimensión extraordinaria del acontecimiento.

Londres batió récords con su capacidad de producción escénica y de creatividad al servicio de la imagen que se quería proyectar (hacia adentro y hacia a fuera) de Gran Bretaña, especialmente segura de sí misma (el humor es un gran recurso para ello).

Al recordar las ceremonias reaparecen algunas imágenes: los red arrows volando sobre el estadio, el paso de la sociedad rural a la sociedad moderna y el protagonismo de Gran Bretaña en la revolución industrial, la elección de aspectos clave de la sociedad del bienestar y de la democracia británica (el servicio nacional de salud, el papel de las mujeres en la luchas por la igualdad, los jubilados de Chelsea), una reivindicación de la monarquía británica  -vía humor y mezclando realidad y ficción-, una aparición (teatralizada) del propio Churchill, el memorial wall, homenaje a las víctimas de  las guerras y del atentado terrorista de 2005 en Londres. Y, por descontado, una exhibición de la literatura y de la industria cultural británica (industrias creativas incluidas): Shakespeare como referente, también la literatura y al cine infantiles (Peter Pan, Mary Poppins), exhibición de top models,  personajes del cine (Daniel Craig) y del entretenimiento televisivo (Mr. Bean), spice girls, etc. Todo ello en una gran atmosfera de música “británica/internacional”. La industria cultural británica se sabía reconocida y reconocible mundialmente y supo hacer explícitos sus contenidos e iconos.

Ahora quedamos  a la expectativa de conocer los análisis académicos que se harán sin duda desde la propia Gran Bretaña y desde las antiguas colonias británicas sobre  esta selección temática y su tratamiento,  también de sus ausencias (¿y la Commonwealth y Europa?).

Pero el análisis cultural de este fenómeno – con audiencias televisivas millonarias- también debería hacerse en relación con el desarrollo de la segunda representación de las ceremonias: la de los símbolos y los valores olímpicos.

Revisadas las imágenes de los rituales olímpicos en las ceremonias de Londres puede concluirse que su tratamiento fue políticamente correcto, pero también escaso, sobre todo en las representaciones y narraciones explicitas, teatralizadas, de estos valores, ocupando una posición claramente secundaria respecto  de la hiper-representación de la identidad británica.

En las ceremonias se producen múltiples escenas que evocan implícitamente los valores olímpicos, por ejemplo en la correcta escenificación del desfile de los atletas, desfile que afortunadamente se conserva en su integridad, a pesar de las reclamaciones incultas de algunas televisiones que pretenderían recortar la ceremonia a favor de sus estrategias de audiencia. Sin este desfile se borraría del mapa la representación de la inmensa mayoría de atletas y delegaciones participantes (ver mi post “Juegos Olímpicos, ¿cómo esta lo mío?). Bien es cierto que, desde Barcelona, tuvimos la oportunidad de ver la ceremonia en directo, sin corte publicitario alguno, gracias a las imágenes de TVE.

En la ceremonia de clausura se repiten otros mensajes implícitos de fraternidad  y celebración entre participantes. Tanto éste como otros rituales olímpicos (antorcha, juramentos, himnos, izado de la bandera, etc.) quedan finalmente en manos de los comentaristas de la televisión con resultados variopintos, muchos de ellos triviales, como mostramos con detalle en Television in the Olympics.

Las ceremonias producen múltiples mensajes implícitos de universalidad y convivencia, pero estos valores deben ser explicitados, verbalizados, narrados, teatralizados, deben también beneficiarse  de la gran capacidad de producción audiovisual y de creatividad escénica que se aplicó a la representación de la identidad británica del acontecimiento.

 

Cada nueva ceremonia aporta alguna idea en este sentido, en Londres entiendo que fueron dos principalmente: la elección de los portadores de la bandera olímpica entre personalidades internacionales (músicos, activistas de derechos humanos, autoridades mundiales), que relacionaban el olimpismo con los derechos humanos y la voluntad de gobernanza mundial. También fue novedad la peculiar composición del pebetero (más fuego que antorcha) con 204 pétalos de cobre simbolizando las correspondientes delegaciones participantes.

 

Los rituales olímpicos (desfile, juramentos, banderas, himnos, antorcha) se sucedían de forma correcta, pero sin la fuerza interpretativa y creativa del guión general de la ceremonia, sin los correspondientes recursos (Storytelling) que explicasen de manera pedagógica y espectacular que es el olimpismo, más allá de la competición.

 

El discurso del presidente el CIO en la clausura -una oportunidad para explicitar los valores y las propuestas del olimpismo- quedó restringido a las condiciones de un breve discurso verbal y a las exigencias protocolarias de agradecimiento y reconocimiento (“These were happy and glorious Games!”), añadiendo tenues referencias al valor de ser deportista olímpico (“Through your commitment to fair play, your respect for opponents, and your grace in defeat as well as in victory, you have earned the right to be called Olympians”) y a la reivindicación del legado positivo de los Juegos.

A los símbolos olímpicos, y no únicamente a los símbolos de la sede, les corresponde formular sus propias historias y narraciones de forma espectacular y pedagógica, lo que es perfectamente compatible, más bien indisociable, del respeto  por la identidad de la sede. Las ceremonias deben ser el escaparate de las sedes, pero también deben serlo del olimpismo.

 

 

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